En mayo compartí el primer capítulo de una historia que hace unos meses que vive conmigo. Es curioso llevarse allá donde vaya a esos personajes y su vida allá donde voy. El cariño y la profundidad que van tomando es inevitable.
Este es el segundo capítulo. Es una entrada diferente a lo que normalmente escribo. Aun así, deseo que os guste (y que quizás os inspire a escribir también)♥
CAPÍTULO 2
El recibimiento por parte de Julieta había sido maravilloso. Había hecho mucho para facilitar que Emma se sintiera a gusto en la casa y le había presentado algunos de los rincones y vecinos referentes del pueblo. En solo unos días ya se la veía comprando en Casa Nuestra, paseando por la Plaza Mayor y haciendo vida en la cafetería de Pablo como un miembro más de esa estrecha y bonita comunidad. Además, empezaba a conocer a las personas más activas en la comunidad: Ana la peluquera, Iris la hija del médico y, David y Esther los graciosos del bar.
Para Emma y Julieta, los días pasaban en mañanas en los rinconcitos del pueblo y sus alrededores, mediodías en la cocina y en tardes bañadas de sol leyendo en el jardín y cuidando de las plantas y flores. Emma se contentaba con sus paseos y sus libros y se sentía más que agradecida por el grácil y calmado carácter de su compañera. Aún y la vida de ensueño que estaba experimentando, sentía que algo no estaba bien. Un síntoma de ello era que cada vez que conocía a algún pueblerino y le preguntaba algo sobre ella -quién era, qué hacía, cómo estaba- le resultaba imposible responder sin pensar en su ciudad, su familia, sus amigas, su trabajo, sus aficiones. Sabía que, a pesar de sus esfuerzos para soterrarlo, todo ello le definía. Ojalá todo el mundo tuviera una manera de ser similar a la del estereotipo británico: hablar de temas triviales e impersonales. Se imaginaba que si alguien la viera desde fuera la juzgaría como aislada, evitando afrontar la realidad. Pero, no quería salir de su ensueño, y se convencía de que necesitaba, de que quería, empezar de cero. De momento, le estaba funcionando.
Si bien había hecho un tiempo apacible durante los primeros días de estar Emma en el pueblo, marzo también le había permitido conocer el pueblo con sus adoquines resbaladizos y la calma aislada de las lluvias primaverales. De hecho, fue un cielo gris el que la llevó a conocer un rincón único de la casa de Julieta: el altillo.
Desde el balcón de su habitación, que se había convertido en su lugar de lectura por excelencia, escuchó un ruido desconocido. Provenía de alguna parte superior y era un discontinuo e irregular pero seguido golpe y arrastre de objetos. Emma decidió interrumpir su lectura para seguir el ruido. Llegó a la estrecha escalera de madera que se encontraba al final del pasillo del segundo piso, que cada día veía pero que nunca había usado.
Llegó al último piso de la casa y se sorprendió al ver a la mujer con los ojos llorosos, temblando, con la ropa y el pelo revueltos. Le hacía pensar en el día cálido de febrero anterior a su llegada al pueblo: el descenso después de la subida. De gritos, llantos y descontrol, al alivio y focalización. Sus padres a veces lo llamaban como histeria o rabieta.
- ¿Julieta? - Preguntó alzando levemente la voz mientras subía las escaleras y se adentraba al piso superior. - ¿Julieta? ¿Va todo bien?
¡Oh, Emma! Siento el ajetreo. Si supieras lo que quería yo a este trasto… Por muchas piezas que pruebe, no hay forma de arreglarlo. - lamentó la mujer agachada frente a un enorme baúl. Al lado de su muslo derecho reposaba en el suelo una caja marrón, cuadrada, no muy alta, como una gran caja de bombones. - Es un tocadiscos pero después de tantos años olvidado aquí arriba, ha dejado de tocar. - Entonces la joven se percató de un hilo de luz que bajaba de alguna parte encima de ellas, una luz blanca que se movía ligera y circularmente, despertando y animando las partículas de polvo con sus pasos.
Emma se acercó y puso su mano en la espalda de la mujer. Inspeccionó la caja a la vez que se fijaba en la naturaleza del curioso rayo de luz. La caja era más grande de lo que le había parecido desde la distancia y estaba hecha de una madera robusta; la luz era sutil y se movía lentamente por sobre el suelo de madera. Julieta acercó la caja hacia ella e hizo ademán para que la abriese. Era un tocadiscos.
- Era de mi marido. Bueno, es de mi marido. Pero no funcionaba. Y el tocadiscos tampoco funciona. - comentó Julieta en un hilo de voz.
- Yo puedo intentar arreglarlo. - intentó animarla con un poco de esperanza.
- ¡Oh corazón! No creo que se pueda sin las piezas originales. Aún así, agradezco tu interés.
El tema quedó así zanjado. En su lista mental, Emma, añadió arreglar el tocadiscos como una de sus prioridades para los siguientes días. Por cómo era Julieta y por cómo había reaccionado ante el antiguo artefacto, podía intuir que se trataba de algo especial. Habiendo resuelto esa tarea delegándola a su futuro, no pudo evitar levantar la mirada y pasearla por la estancia dónde mujer, chica y tocadiscos se encontraban en esos momentos. Era igual que cualquier persona se imaginaría un altillo de una casa rústica como esa. Techos inclinados, una pequeña ventana, y un montón de cosas guardadas en cajas y estanterías que, a su manera, debían tener suficiente peso para permanecer en la vida de su propietaria.
- Oye Julieta, no sabía que en esta casa había un altillo. ¡Es un sitio encantador!
Ese encuentro nacido de un conjunto de ruidos marcó el comienzo de un nuevo proyecto para Emma: dar una segunda oportunidad a la estancia más elevada de la casa. La dueña, inicialmente se mostró reservada y apática ante la idea, pero el entusiasmo inocente de su compañera la había animado y le resultó fácil y natural soñar con el altillo que siempre había imaginado para aquella casa: amplio, funcional, inspirador, acogedor.
Durante un par de semanas, Emma se había centrado en reparar el tocadiscos y reunir suficientes ideas y materiales para la reforma del altillo. Para conseguirlo había recurrido a la ayuda de los pueblerinos, claro que contaba con la buena predisposición de todos ellos. Además, gracias a abrir esas fuentes de comunicación, consiguió nuevos proyectos de reparación de pequeños artefactos con lo que ganaba la confianza de ellos y algo de dinero, que reinvertía felizmente en su casa adoptiva. No hace falta decir que Julieta la ayudaba con todo lo que necesitaba, aunque su principal apoyo recaía en la deliciosa comida que le preparaba, los momentos de calma y los viajes en su coche hasta la tienda de recambios que se encontraba en otro pueblo más grande.
☆ ☾ ☆ ☽ ☆ ☾ ☆ ☽ ☆ ☾ ☆
El lado suave del mundo🤎
.png)
0 comments