Uno de mis pasatiempos preferidos siempre ha sido inventarme historias. Lo que hago con ellas y sus personajes depende de lo que me apetezca en ese momento. A veces, he jugado con ellas, otras las he escrito y otras simplemente han habitado en mi mente durante un tiempo y hasta que se han ido. Supongo que leer, escuchar música, estar atenta a los detalles de mi alrededor y dejar volar mi imaginación hacen que me inspire con nuevas posibilidades.
Desde marzo me acompaña un personaje al que he tomado mucho cariño que se llama Emma. En esta entrada del blog comparto el primer capítulo de su historia. Es una entrada diferente a lo que normalmente escribo. Deseo que os guste♥
CAPÍTULO 1
La carretera era cada vez más estrecha y sinuosa, sin líneas blancas ni señales. Menos edificios, tránsito y ruido, impactaba contra la naturaleza cosmopolita a la que Emma estaba acostumbrada. De nuevo, era rodeada primero por bosques, después por campos, manchados de pequeños pueblos resguardados bajo las tejas marrones, y se reencontraba con la sensación de ligereza.
Con las manos aferradas al volante, Emma no se atrevía a soltar la vista de la carretera ni el pie, que descansaba tensamente sobre el pedal del embrague. Ni ella ni su coche estaban entrenados a la conducción al estilo rural.
Interrumpiendo su concentrado estado, las tripas empezaban a querer llamar su atención. Con un rápido movimiento ocular, vio en el reloj que llevaba cerca de dos horas de trayecto. En un mundo ideal, le hubiese gustado que apareciera una zona de descanso al lado de la desnivelada carretera, donde aparcar y preparar un pícnic improvisado. Pero, en la realidad, no había tales zonas en la estrecha, irregular e insegura cuneta fronteriza entre carretera y bosque.
Aún y su inseguridad en la carretera, decidió que el campo era más permisivo que la ciudad y se desvió para aparcar al lado de un camino que llevaba a una casa. Se sentó allí mismo, bajo un árbol, con la compañía de una manzana y sus pensamientos. Llegar a un sitio nuevo había sido fácil. Era el caso atípico de una chica que escapaba de una vida normal y típica. No había nada malo en ella si no contaba aquellas pequeñas cosas que, como cualquier otra persona, podía ir mejorando. Pasar más tiempo con la familia, decir más a menudo gracias, no tomar tantos dulces. Nada alarmante, nada urgente. Entretenida con sus pensamientos, no se había percatado de los dos gorriones que danzaban enérgicamente, perdiéndose en la maraña de ramas, hojas, nubes y bosques.
Reforzando su firme idea de que no necesitaba la ayuda del GPS para llegar dónde una era llamada, siguió unos kilómetros más sirviéndose de los pocos letreros que anunciaban pueblos hasta llegar a su destino: Viladelana. El cartel blanco con letras negras marcaba la línea final de su carrera. Más que un pueblo, se trataba de una iglesia que había sido rodeada de algunas casitas. Sin embargo, Emma se imaginó que debía ser uno de los más grandes de la zona, porque era el único con una pequeña tienda y una cafetería, también hechas a escala proporcional.
Emma se enfrentó al momento vertiginoso de saber que estaba a punto de hacer una cosa que haría que su cambio fuese real. Aún podía dar marcha atrás, volver a casa, deshacer las maletas y convencerse de que su decisión había sido una exageración y que ya todo había pasado. En cambio, se dijo que siguiera adelante. Sin pensar más salió del coche y avanzó hasta la esquina. Delante de sus ojos se abrió la visión de una gran casa rústica, la fachada bañada de sol y decorada con dos árboles florecidos, qué bien le sentaba el marzo y la llegada de la primavera. La casa de piedra y las puertas y los marcos de las ventanas de madera. Un pequeño jardín daba la bienvenida a las visitas, junto con la preciosa panorámica de los campos y carreteras que se fundían a lado y lado del horizonte. Al final, se desdibujaban las crestas de las montañas.
Hinchando el pecho, mandó a su dedo a tocar el timbre. Una mujer que debía rondar los setenta años abrió la puerta con una sonrisa y una taza en la mano. Era alta, esbelta, en su notorio pecho descansaba un bonito collar de bolitas de color rosa, la corona que acompañaba a su delantal beige. Su pelo rizado y rubio lo llevaba domado en un moño.
- ¡Buenos días, Emma! Justo estaba pensando en ti. –saludó con una sonrisa–Soy Julieta.
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El lado suave del mundo🤎
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