Diario #7 Indicios de primavera: el anverso a la nostalgia

Hace días que se empiezan a notar los cambios propios de una época de transición entre estaciones. Los días se alargan y la energía se expande suavemente. Empezamos a dejar atrás las mañanas heladas y los fines de semana lluviosos que nos invitan a resguardarnos. Si paseamos por algún sitio familiar podemos apreciar cambios en la naturaleza; las primeras flores, los primeros insectos de colores. Y, de forma etérea, se percibe un ambiente diferente, más abierto, más optimista, más alegre. Me imagino que esto es lo que deben oír los caracoles cada vez que salen de sus escondrijos después de lluvia.

Me gusta pensar que la primavera representa el anverso en la nostalgia.




Los cambios de estación de la naturaleza suceden de forma similar a lo que podemos experimentar cuando empezamos a cultivar una vida lenta: pasan poco a poco. Es un cambio progresivo que nos permite ir dando cuenta de los frutos que recogemos a medida que avanzamos. Muy a nuestro pesar, podemos prestar atención a los momentos cuando parece que volvemos a antiguos patrones que durante mucho tiempo han sido nuestra normalidad, nuestro piloto automático, nuestra identidad, lo fácil. Entonces, ¿qué sucede? Nos detenemos y tomamos una decisión con la esperanza de que sea para mejor, para amar mejor la vida. Es un estira y afloja que, con los días, se vuelve más estira y menos afloja.

De estos detalles comparables a las anotaciones en un cuaderno de bitácora de un entregado explorador sólo puedes darte cuenta si paras, observas, aprecias. La naturaleza es siempre agradecida y, al igual que el cuerpo y los niños pequeños, sólo pide que prestes atención. Entonces, después, te sorprende con los matices más sencillos, pequeños, pero al final realmente preciosos. Cuando escribo al respecto, pienso que parezco cegada por el enamoramiento, incluso, exagerada y rara. Quien me entiende, me entiende. Por eso, decido regalarme los fines de semana para hacer las cosas con lentitud y presencia, incluyendo esta pizca de polvo mágico de las hadas que hace que una taza de té sea la mejor taza de té del mundo. Si puedo hacerte una recomendación es prestar atención a las tardes del domingo; la ciudad se permite, reposar, saborear, como si tomara el sol después de días bajo cielos encapotados.

Estas reflexiones esconden la esencia de porqué decido día tras día cultivar una vida lenta. Desde la sencillez y cotidianidad descubro las virtudes de lo que soy y de lo que me rodea, que a la vez es estable y cambiante. La lentitud me lleva a pensar que me gustaría que cuando sea una anciana y mire atrás en la vida querría pensar que he disfrutado de todo, no sólo de los grandes eventos –aniversarios, fiestas, viajes– sino también, y sobretodo, del día a día.

Para acompañar a mi cuerpo en las semanas entre invierno y primavera (marzo), he hecho una lista sencilla de frutas, verduras y recetas de temporada:


¿Por qué mirar a la naturaleza? ¿Por qué inspirarnos en ella? La naturaleza siempre ha sido una musa. La naturaleza no nos dicta, sino que nos muestra, con paciencia y armonía, cómo fluye la vida, qué merece nuestra atención y cómo amar a los pequeños instantes. Imagínate como un mentor silencioso, o como aquella persona que te inspira sin esfuerzo, capaz de hacer que cada momento sencillo parezca extraordinario. Deseo que pienses en la naturaleza como tu influencer favorita.

Comparto con vosotros un poco de inspiración de lo que me gustaría leer, ver y hacer durante este mes de marzo. ¡Espero que os inspire a planificar alguna actividad divertida!



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El lado suave del mundo.

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